Caserío Inazares. Moratalla (Murcia)
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ASCENSO A “REVOLCADORES” – Alta montaña
ASCENSO A “REVOLCADORES” – Alta montaña

Ecos de cumbres, de ascensos largos y duros a puntos muy elevados, tanto, que también elevan el alma, es lo que despierta en cualquier amante de la montaña en Murcia el oír un nombre: Revolcadores. Ésta es nuestra cita en una nueva salida por territorio moratallero. Nos hemos propuesto ver las nubes de cerca, desde el punto más elevado de la Región, así que bien temprano nos encontramos en la aldea de Inazares, la que, para comenzar ya con “nivel”, se encuentra a mayor altitud de todos los puntos habitados de Murcia. Si bien nos encontramos en el Macizo de Revolcadores-Sierra Seca, la cumbre que ostenta el título de techo de la Región gracias a sus 2014 msnm, no es en realidad el pico de Revolcadores (1999 msnm) es el de Los Obispos. Hermanos de nacimiento separados por unos metros de oeste a este, controlan desde su kárstica atalaya el paso de los millones de años, siendo nuestras azarosas y pequeñas vidas humanas, una mota de polvo en su longeva y aparentemente estática presencia. Los cantos de las cumbres, para los amantes de la montaña, asemejan a los cantos de sirenas para los argonautas… y nuestro grupo de descubridores, atraídos por los seductores reclamos, seducidos sin duda por la aventura que prometen, nos disponemos en sus faldas al ascenso. La sierra es generosa con quién la ama y la respeta, y permite, observando divertida nuestros esfuerzos en las primeras rampas, como vamos entrando en calor con su ascenso. Poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, seguimos el Pr marcado desde la aldea de Inazares hasta Los Obispos, bastante fácil de seguir cuando la nieve está ausente como es el caso. El viento refresca nuestras caras, teñidas de carmín por el esfuerzo, y dependiendo de la orientación de nuestro caminar, bate con más o menos fuerza sobre nosotros. Al poco de partir, llegamos a la imponente cueva escondida en el Barranco de las Covachas, donde uno de nuestros compañeros, decide volver sobre sus pasos acompañado por Piedad y Ginés, ya que la montaña hoy parece resistírsele. Decidimos entonces almorzar allí, buscando refugio en el fondo del barranco, ya que aquí el viento parece querer recordarnos el invierno que acaba de abandonarnos. Una vez reunido el grupo de nuevo, seguimos ascendiendo por la serpenteante senda que nos lleva hasta la umbría de la Sierra, donde los pinos laricios muestran los estragos causados por las orugas de procesionaria, que se han estado alimentando de sus brotes más tiernos. A pesar del aparente mal estado, si llueve bien durante la primavera, los pinos recuperarán su verdor. La sequía que arrastramos desde hace ya unos cinco años, (a pesar de que con dos o tres días de lluvia al año cubrimos los litros habituales en el año hidrológico para la zona) debilita a los pinos frente a parásitos como la procesionaria o el muérdago, lo que hace que algunos de ellos hayan sucumbido en estos últimos años. Precisamente, durante el paso por la pista forestal que nos lleva hasta el último tramo de senda, encontramos el rastro de una gran escaladora, la Gineta, en una regurgitación llena de semillas de esta curiosidad del mundo vegetal. Antes de darnos cuenta, nos encontramos ante las marcas de la senda que ataca la cumbre de Los Obispos por la arista este… ya son palabras mayores. Los pinos laricios, aunque nos acompañan hasta la cumbre, ralean debido a la dureza extrema del clima en estas cotas de alta montaña. El viento ha parado casi por completo, permitiéndonos afrontar la arista disfrutando del soleado y despejado día. En esta parte del recorrido, aunque ya vemos la cumbre muy cerca, la altura y el cansancio de toda la subida pasan factura, y el ascenso es lento. Paso a paso, nos acercamos maravillados por el paisaje al vértice geodésico y el buzón de cumbre que jalonan Los Obispos, donde estallan las sensaciones al completar nuestro reto. Alcanzar una cumbre, aunque lo hagas en compañía y compartas tu alegría con todos, es algo tremendamente íntimo y pleno de satisfacción. Cada uno tenemos percepciones completamente diferentes, pero unidas entre sí a la vez, de lo que este tipo de retos despierta en nuestras mentes. Por ello, es difícil expresarlo con palabras, y acertar en lo que de común puedan tener, hay sin duda alguna, que vivirlo. Para quién escribe… es simplemente la felicidad plena, esa de la que eres consciente sólo a veces y por unos instantes. Siempre cierro los ojos, aspiro profundamente, y me diluyo en el paisaje, floto en el aire que me rodea hasta que abro los ojos y allí estoy, de pie, volviendo a la corporeidad… y allí está ella, firme bajo mis pies, la cumbre que me sustenta, la montaña que me llama y con la que hablo cada día. Supongo que todos los que leáis estas letras y améis la montaña tanto o más que yo, entenderéis los sentimientos que torpemente intento describir, se os acelerará el corazón, y los tendréis presentes, casi como si estuvierais allí. Es quizás por estas oleadas de pasión incontrolada, por lo que siempre estarás feliz con todo aquel que te encuentres en lo alto de cualquier montaña, un lenguaje sin normas ni reglas, universal. Así nos sentimos en la cumbre de Los Obispos. La buena visibilidad, no siempre presente, nos permitió además disfrutar del paisaje en 360 grados, un privilegio más, por lo que iniciamos el descenso más que contentos. La arista que tanto trabajo nos costó subir, nos devolvió en un santiamén al camino, el cual recorrimos en sentido inverso hasta llegar de nuevo al precioso tramo que cruza el lapiaz que rodea por la cara norte las faldas del Pinar Llano, desde donde asomamos al collado sobre la aldea de Inazares. Teníamos una segunda cita, que hacía rato deseábamos cumplir en el Caserío Inazares, más concretamente en su restaurante-cafetería Revolcadores. Nuestra amiga Nani, nos tenía preparado el mejor colofón a un buen día de montaña, una deliciosa degustación de la gastronomía local. Es sorprendente, como en un rincón tan alejado de los grandes núcleos de población, puedes encontrar unas manos llenas de ciencia culinaria que dejarían satisfecho al comensal más exigente. Platos sencillos y rotundos, con tanto carácter como el entorno, prueba de ello, el exquisito Lomo de Orza, de los mejores que se pueden degustar en la comarca. Así, recuperamos fuerzas con ricas viandas de las que dimos buena cuenta, ya que nos lo habíamos ganado previamente… los postres, el café y unas rosquillas fritas calentitas y deliciosas alargaron la sobremesa entre anécdotas y risas entorno a la mesa, preparando la siguiente jornada cuando aún disfrutábamos de la presente… mientras, el sol se ponía, y la montaña y sus habitantes se preparaban para dormir unos, y levantarse otros, a 1350 metros sobre el nivel del mar…

Un día más en un rincón del paraíso… Moratalla.

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